1).------------ ESTUDIANDO NUESTRA HISTORIA:
1-1).------------ ¿ATRASO CULTURAL VASCO? UNA MENTIRA RACISTA.
Son varias las razones de este llamado por otros "atraso cultural vasco", a las que no podemos entrar ahora. De todos modos, debemos insistir en lo interesado y relativo del calificativo de "atraso". ¿Quién, cómo, para qué define lo que él llama "atraso cultural"? Si partimos del criterio de las culturas y Estados dominantes, l@s vasc@s éramos un@s bárbar@s incult@s e ignorantes, indomables y feroces. Nos han definido así desde siempre, desde que los cronistas romanos, francos, musulmanes y castellanos nos estudiaron para descubrir nuestras fuerzas y debilidades. En el siglo XVII y posteriormente abundan las descalificaciones castellanas y francesas, generalmente, contra l@s vasc@s. Y en la actualidad sufrimos otra ofensiva en ese sentido: el euskara en concreto y toda la cultura vasca en general son desprestigiados con un objetivo doble: frenar el independentismo y reinstaurar la españolidad en Hegoalde y el francesismo en Iparralde.
Sin embargo la práctica histórica demuestra que si algo caracteriza a Euskal Herria no es precisamente su atraso cultural. Todo lo contrario, existiría atraso cultural si hubiéramos desaparecido como pueblo vivo, euskaldun, si nos hubiéramos desculturizado, si hubiéramos perdido nuestro propio nombre. Durante siglos, nuestro pueblo ha sabido mantener su identidad diferenciada siempre sometido a tremendas fuerzas que intentaban imponerle lo contrario. Lo que los extranjeros llamaban ignorancia y llaman atraso, era y es en realidad la demostración de la suficiente fuerza de nuestra cultura como para seguir resistiendo, y negándose a disolverse en el saber y en la cultura de los vecinos querían someternos. Y por cultura, en este caso, debemos entender todos los recursos creativos, productivos y autocríticos que va manteniendo y/o construyendo un pueblo para existir con autoconciencia de sí en medio de cambios internos y externos. Nada de la milenaria existencia vasca es comprensible sin este criterio.
Pero, falsificando u ocultando esa experiencia histórica, los poderes invasores han creado una mentira que ha terminado apareciendo como una verdad. Todavía hoy sigue definiéndose en diccionarios y enciclopedias españolas a la lengua vasca o "vascuence" como "lo que está tan confuso y obscuro que no se puede entender". Los griegos clásicos llamaban "bárbaros" a los pueblos que al expresarse en sus lenguas propias y diferentes a la griega emitían determinados sonidos que a los helenos se le antojaban como de animales. Durante siglos, las castas intelectuales española y francesa han desprestigiado reiteradamente la lengua y cultura vascas sin detenerse a pensar, o desconociendo incluso, la forma de vida real de nuestro pueblo. Un profundo y permanente desprecio a la cultura vasca, que en lo que concierne a su esencial núcleo lingüístico se transforma en auténtico racismo antieuskaldun, ha existido y existe, y tiende a fortalecerse con la excusa de la entrada del capitalismo en una nueva fase histórica desde mediados de los ochenta del siglo XX. Una interesada lectura acrítica de la llamada globalización, que frecuentemente es un fetiche que justifica cualquier colaboracionismo con la opresión, permite al racismo antieuskaldun inventar nuevas descalificaciones, mitos y mentiras.
Lo que ocurre es que los interesados en pisarnos aducen que, de un lado, la débil dominación cultural romana; de otro, la tardía cristianización y la nula raigambre cultural del poder germano, franco y visigótico en especial; además, la larga pervivencia de hábitos paganos y precristianos que late incluso en la actualidad, y que influyó en la peculiar vivencia cristiana vasca; también, la muy tardía aparición del euskara escrito y, por último, las supuestas limitaciones de este complejo lingüístico-cultural para expresar el desarrollo científico, estos y otros factores, dicen, demostrarían el barbarismo y la incivilidad euskadaldun. Con eso sólo demuestran que desconocen toda nuestra historia y, en lo educativo, la efectividad de los recursos pedagógicos de nuestro pueblo para reproducir y adecuar permanentemente su personalidad colectiva. Precisamente, como veremos, una de las obsesiones de los opresores ha sido la de negarnos todo recurso de producción lingüístico-cultural propio, destruir nuestra independendia cultural, educativa y pedagógica, e imponernos sus aparatos de producción de saber alienado y alienante.
También hay que considerar, como otro factor importante pero en el que no nos extenderemos, la pobreza media del País hasta épocas recientes, sobre todo si la comparamos con los recursos productivos de los poderes circundantes. Desde esta perspectiva, y recordando lo arriba visto sobre las dificultades del reino de Nafarroa para fundar universidades, hay que comprender que la construcción y mantenimiento de una universidad era muy cara. Sólo una decidida alianza entre diversos poderes e instituciones aseguraba la continuidad de los fondos necesarios. Probablemente por eso y para atender a las necesidades de las clases medias, desde finales del siglo XVI se empezó a abrir escuelas municipales subvencionadas por diversas instituciones. Durante esos años, la cuestión de quién pagaba los gastos educativos fue muy áspera, hasta que a comienzos del siglo XVIII se fue imponiendo la práctica de que las Diputaciones ayudaran económicamente. En Gipuzkoa en 1721 las Juntas Generales decidieron poner un maestro en todos los pueblos. Aunque el idioma nacional era el euskara, los idiomas del poder económico, político y cultural eran el castellano, el francés y cada vez menos el latín. Para participar en cualquier nivel de poder político había que saber escribir en castellano y francés. Las clases ricas no dudaban en enviar a sus hijos a colegios y universidades exteriores, sobre todo a Castilla y en menor medida a Francia, y también a Iparralde, a los colegios de Baiona, Pau, Burdeos y Toulouse.
La iglesia católica impulsó el euskara en sus usos propagandísticos en los siglos XVI-XVII, y no para la difusión de una cultura humanista, y ni siquiera para el conocimiento profundo del dogma pues se seguía prohibiendo las traducciones de la Biblia católica a otras lenguas que no fueran el latín y más tarde al castellano. Incluso, los esfuerzos de Leizarraga y Urte para traducir en Iparralde al euskara la Biblia protestante, tampoco iban destinados a lograr una educación humanista. La represión sanguinaria de cientos de personas acusadas de prácticas brujeriles en esa misma época, muy mayoritariamente mujeres y casi totalmente euskaldunes, mostraba que tanto católicos como protestantes, minorías ricas y poder patriarcal de Euskal Herria, en santa alianza inquisitorial con Castilla y Francia, tenían los mismos intereses de fondo contra la supervivencia de una cultura oral euskaldun, fuertemente anclada todavía en tradiciones paganas y precristianas, y con una cosmovisión y sentido del cuerpo y de la naturaleza muy diferente a lo que necesitaban los poderes de la época. No hace falta decir que las mujeres no tenían ninguna posibilidad de estudiar en las universidades y colegios, y apenas ninguna en las escuelas municipales, que acogían a muy contados alumnos. También resulta muy esclarecedor que las masas populares, las clases trabajadoras sublevadas en matxines y revueltas, exigieran frecuentemente que las negociaciones y soluciones a sus exigencias se realizaran en euskara, para que el pueblo trabajador las pudiera seguir e intervenir en ellas.